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Atlántida: el balneario que nació mirando hacia el futuro

29 sept
4 min de lectura

Actualizado: 15 oct



Cuando pensamos en Atlántida, probablemente aparezcan primero la playa, la rambla, los árboles, los hoteles y las casas de veraneo. Pero este balneario de la costa canaria es mucho más que un destino de sol y playa. Su historia está vinculada a una transformación profunda del territorio uruguayo: la aparición del turismo como una nueva forma de habitar, recorrer y experimentar la costa.

Antes de convertirse en uno de los principales balnearios del país, este territorio formaba parte de un paisaje de dunas, monte y costa prácticamente sin urbanizar. A comienzos del siglo XX, esa costa comenzó a despertar interés y con él apareció una nueva pregunta: ¿Podían este tipo de territorios convertirse en lugares para vivir el verano?


De paisaje costero a balneario

El nacimiento de Atlántida está relacionado con el desarrollo de los primeros emprendimientos balnearios de la Costa de Oro. A diferencia de otras localidades que crecieron alrededor de actividades productivas o de antiguos asentamientos, este lugar fue concebido desde el comienzo con una fuerte vocación turística.

La forestación tuvo un papel fundamental: los árboles ayudaron a fijar las dunas y transformaron radicalmente el paisaje. Poco a poco, aquel territorio costero comenzó a adquirir una nueva apariencia: calles, caminos, viviendas, hoteles y espacios destinados al descanso.

El paisaje natural no desapareció completamente: fue transformado para crear otro paisaje. Y esa relación entre naturaleza y urbanización continúa siendo una de las claves para comprender Atlántida.


La llegada del turismo

Durante las primeras décadas del siglo XX, el balneario comenzó a consolidarse como un destino de descanso para sectores de la sociedad montevideana. La posibilidad de trasladarse con mayor facilidad desde Montevideo favoreció el crecimiento de la localidad.

Atlántida empezó entonces a funcionar de una manera particular: durante buena parte del año podía tener una vida relativamente tranquila, pero durante el verano se transformaba. Llegaban visitantes, aumentaba la actividad comercial y la costa adquiría una intensidad completamente diferente.

Ese carácter estacional marcó profundamente su identidad: el balneario no fue solamente una ciudad que creció junto al mar, fue una ciudad construida alrededor de la experiencia de estar junto al mar.


Un símbolo mirando al horizonte

Si bien territorialmente se encuentra ubicado en el balneario Villa Argentina, una de las imágenes más reconocibles de Atlántida desde el imaginario cultural, es una construcción que parece resumir esa relación entre paisaje, imaginación y turismo: El Águila.

Ubicada sobre la costa, esta particular edificación tiene una historia rodeada de relatos y versiones. Su origen se vincula con Natalio Michelizzi, empresario italiano que tuvo un papel importante en el desarrollo de Atlántida.

La construcción, inicialmente conocida como La Quimera, fue concebida como un lugar de descanso y contemplación. Con el tiempo, su forma terminó asociándose con un águila y así nació uno de los grandes símbolos del balneario.

Más allá de las distintas interpretaciones sobre su historia, hay algo especialmente interesante: el Águila no fue diseñada simplemente para ser observada, fue pensada para observar el paisaje. El mar, el horizonte y la posición elevada convierten al edificio en una especie de mirador. Una arquitectura que dialoga directamente con el territorio.


Atlántida y la arquitectura moderna

Pero quizás uno de los capítulos más interesantes de la historia local se encuentre en otro lugar. A pocos kilómetros del centro de Atlántida se encuentra la Iglesia de Cristo Obrero, diseñada por el arquitecto Eladio Dieste e inaugurada en 1960.

Aunque pertenece al territorio de Estación Atlántida y no al centro turístico tradicional del balneario, su presencia es fundamental para comprender la importancia cultural de esta zona.

Dieste desarrolló allí una arquitectura basada en el uso innovador del ladrillo: curvas, bóvedas y estructuras aparentemente livianas generan un espacio de enorme expresividad. No se trata simplemente de una iglesia; es también una demostración de cómo la arquitectura puede surgir de los materiales, las técnicas y las condiciones de un territorio.

En 2021, la Iglesia de Cristo Obrero fue incorporada a la lista del Patrimonio Mundial de UNESCO. Atlántida y su entorno pasaron así a formar parte también de una historia arquitectónica de relevancia internacional.


Una ciudad entre dos tiempos

Caminar hoy por Atlántida permite encontrar distintas capas de su historia:


  • La ciudad turística de comienzos del siglo XX.

  • La arquitectura moderna de mediados del siglo.

  • La expansión urbana posterior.

  • Y la Atlántida contemporánea, integrada a una Costa de Oro mucho más extensa y densamente habitada.

Todas conviven, por eso, algunas calles pueden parecer simplemente residenciales mientras esconden fragmentos de otras épocas:


  • Una casa antigua.

  • Un hotel transformado.

  • Una construcción moderna.

  • Una calle arbolada.

  • Un antiguo espacio de veraneo.


El territorio funciona como un archivo; solo hay que aprender a leerlo.


Más que playa

Quizás ese sea el cambio de mirada que propone recorrer Atlántida desde el Turismo Cultural: la playa sigue siendo protagonista, la rambla también; pero detrás de ellas existe una historia sobre cómo Uruguay aprendió a mirar su costa de otra manera. Una historia de forestación, urbanización, movilidad, arquitectura, turismo y transformación del paisaje.

Atlántida puede recorrerse buscando lugares, pero también puede recorrerse buscando preguntas:


  • ¿Cómo se construye un balneario?

  • ¿Qué ocurre cuando un paisaje natural se convierte en destino turístico?

  • ¿Qué elementos terminan formando la identidad de una ciudad?


Y quizás la pregunta más interesante: ¿Qué queda de aquel proyecto de futuro que imaginó Atlántida hace más de un siglo?


Para cerrar la lectura

Atlántida no es solamente un lugar al que se va durante el verano, es el resultado de una larga transformación del territorio costero uruguayo. Un territorio donde naturaleza, turismo, arquitectura y vida cotidiana se fueron mezclando hasta construir una identidad propia.

Y cuando volvemos a mirar la playa, la rambla, los árboles o una vieja casa de veraneo, quizás podamos empezar a ver algo más: no solo un balneario, sino también una historia construida frente al mar.



Nivel de lectura: 🟡 Intermedio


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